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El entierro de Genarín

En la ciudad de León, allá por el primer cuarto del siglo XX, vivía un personaje muy peculiar llamado Genarín. Genarín era pellejero de profesión, repartía prensa y tenía una pasión desmedida por el aguardiente de orujo. Era tan popular en la capital que todo el mundo lo conocía. Sin embargo, su vida tuvo un trágico final en la madrugada del Viernes Santo de 1929.

Mientras regresaba a su hogar por la calle Carreras, cerca de las viejas murallas, Genarín decidió hacer sus necesidades fisiológicas. Desafortunadamente, en ese preciso momento, fue atropellado por el camión de la basura municipal, que acababa de ser estrenado. El impacto fue mortal y Genarín perdió la vida en el acto. Las primeras personas que se acercaron a su cuerpo fueron unas prostitutas que tenían un negocio en las cercanías. Una de ellas le tapó la cara con un periódico.

Este trágico incidente llamó la atención del poeta modernista Don Francisco Pérez Herrero, quien encontró un significado misterioso en la coincidencia de fechas, situaciones, testigos y agentes involucrados. Esa madrugada, en el primer aniversario de la muerte de Genarín, Don Francisco y un grupo de amigos bohemios, incluyendo a un dandy arruinado, un taxista coplero y un árbitro de fútbol, realizaron una ceremonia funeral conmemorativa en el lugar del accidente. Este acto dio origen a una cofradía llamada Nuestro Padre Genarín, dirigida por cuatro hermanos mayores conocidos como los Cuatro Evangelistas.

Cada madrugada del Viernes Santo, los Cuatro Evangelistas y un pequeño grupo de seguidores recorrían los últimos pasos de Genarín por las calles de León. Recitaban poemas en su memoria y ofrecían libaciones de orujo. La ceremonia finalizaba en el lugar mismo del accidente, donde enterraban un diente de ajo como símbolo. Además, uno de los cofrades, el hermano colgador, trepaba por la muralla y dejaba una botella de orujo en una oquedad para calmar la sed del espíritu de Genarín.

El entierro de Genarín

Con el paso de los años, se añadieron nuevas ofrendas a la ceremonia, como queso y naranjas, que eran los manjares favoritos del difunto, y una corona de laurel. Al coincidir con la procesión religiosa conocida como “la ronda”, en la que diferentes grupos escultóricos conmemoran la pasión de Cristo, los seguidores de Genarín se encontraban en las calles, pero nunca hubo encuentros o incidentes entre ambos.

La devoción popular atribuyó a Genarín diversos milagros, como el ascenso del equipo de fútbol local, la Cultural y Deportiva Leonesa, a primera división en 1955. También se creía que había castigado a un sereno que robaba las ofrendas de la muralla, ya que este individuo resbaló y se rompió una cadera.

La ceremonia del “entierro de Genarín” se celebró hasta la guerra civil, pero fue prohibida en 1960 por las autoridades debido a las críticas de un periodista conservador. Sin embargo, la cofradía continuó existiendo. Con la llegada de la democracia en España, se retomó la celebración del entierro de Genarín, aunque perdió su carácter íntimo y sagrado, convirtiéndose en una bulliciosa reunión de borrachos.

Los miembros supervivientes de la antigua cofradía esperan que el espíritu de Genarín no considere una profanación la forma en que ahora se celebra. Esta historia tan singular nos muestra cómo la figura de un hombre común puede convertirse en un icono popular y generar fervor religioso y tradiciones curiosas. ¡Genarín, el pellejero de León, se ha convertido en una leyenda que aún perdura en la memoria colectiva de la ciudad!

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